Vestidos con atuendos llenos de colores, vamos en busca de la felicidad. Marchamos tan ordenados y silenciosos que hasta los pájaros se ríen de nuestros rostros. Ni hablar de las caras de sorprendidos que tienen nuestras mascotas al ver que llevamos una mochila llena de piedras milenarias para espantar la mala suerte.
No quiero culpar a los trazos mal dibujados que tuve que hacer en mi camino para poder seguir en esta caravana llena de penas compartidas. De alguna forma u otra, los sensibles acariciamos las rodillas en el asfalto para despertar del letargo. Solo que, por demasiado tiempo sintiendo esa adrenalina innecesaria, nos transformamos en seres infelices.
Las moscas se han ido acercando hasta nuestros labios; también han llegado animales carroñeros. Todos se han ido espantados. Ninguno de ellos soporta tanta miseria. Aunque suene algo incongruente, la realidad que portamos como estandarte nos aleja de lo bueno, de lo malo… y también del amor.
Mientras seguimos marchando bajo el sol abrazador de noviembre y los colores que se van destiñendo, una señorita que está sentada sobre un banco de madera decorado con flores rojas se ha cansado de ver cómo giramos en círculo en busca de alegrías. Es por eso que, al vernos pasar una vez más, se ha parado y nos ha gritado:
“La felicidad es efímera, vayan a sus casas”.