La mujer de rojo me observa, casi sin perder ningún detalle de lo que estoy haciendo. Por un momento me siento intimidado, con el corazón comenzando a latir más rápido. No me he fijado en su belleza, mucho menos en las alhajas que lleva en sus manos. Mi preocupación es el odio que hay en su rostro.
Como puedo, comienzo a caminar hacia ella. Trato de descifrar qué quiere decirme con su mirada, pero solo veo aborrecimiento en esos ojos negros. De pronto dejo de caminar; no puedo dar otro paso. Siento que la mitad de mi cuerpo comienza a adormecerse. Intento pedir ayuda, pero es en vano. Ella ya se ha transformado en mi dueña.
Ahora estoy de rodillas, pidiéndole perdón. Las lágrimas comienzan a caer sobre mi rostro y todo lo que estaba colorido ahora luce en un tono sepulcral. Quiero decirle que me libere, pero su mano se hace gigante y comienza a apretarme la garganta con tanta fuerza que no puedo decirle nada. La mujer se regocija: quiere escuchar que le pida, por favor, que me libere. Es su satisfacción, su goce y su debilidad.
Sé que no tengo opciones. En este momento, mi rostro está tirado sobre la tierra. No puedo percibir el perfume del lugar; solo siento pequeñas piedras que se incrustan en mi cara. En un instante logro ver cómo ella se ríe a carcajadas, y eso hace que me desespere aún más. Trato de ponerme de pie de alguna manera. Necesito pedir ayuda, que alguien pueda darme una mano.
Entonces observo una mariposa que hace morisquetas con sus alas. Trata de que me levante y deje de pensar en esa mujer abominable. Intento contagiarme de esas carcajadas que aún se siguen escuchando; la mariposa me alienta a hacerlo. Sabe que es la única forma de que pueda levantarme y escapar de la señora de rojo.
Después de varios minutos, que parecieron jornadas interminables, he descubierto que la mujer ya no está. Solo hay una mariposa multicolor recolectando néctar de una flor. Esta estira su patita para hacerme un saludo de puños y me dice en voz alta:
“Cuánta maldad tiene la ansiedad”.