El tiempo se lleva la belleza

Con su cabellera al viento, la mujer de los mil destinos se va aproximando a su vejez. Hoy los recuerdos de su juventud la tambalean, tal cual lo hacen las ramas de un árbol frondoso, con el benteveo desplumado. Creo que no será necesario decirle que su pasado no es la mejor medicina para superar las angustias. Ella ya ha demostrado vulnerabilidad ante los días nublados.

Es sabido que las posibilidades de un cambio de rostro pueden alargar el optimismo, pero esa mujer no quiere pedirles limosna a los detractores de las arrugas. Aún siente que su carácter, forjado por la fortaleza y el corazón erguido, la mantiene rejuvenecida.

No voy a negar que se la ve radiante por donde se la mire. Hasta despierta sensaciones en los jóvenes que recién están conociendo la noche. Sin lugar a dudas, podría coincidir con esos casi adultos. Solo que ya aprendí a conocer las almas desveladas por las preocupaciones. Tal vez sea eso lo que me aleja de su belleza. Demasiado tengo con mis apuntes diarios de incredulidad social.

Mientras deshojo el último pétalo de una rosa cortada por el viento maltrecho, la mujer ha comenzado a despedirse. No voy a negar que la extrañaré. ¿Quién podría olvidar tan fácilmente a una persona que juega a ser glamurosa por la noche y negociante con la demagogia? Sería muy hipócrita de mi parte decirle que la extraño.

Por un rato me mantengo en total silencio. El viento ha amainado. Eso sí, hay una sensación de malestar en el ambiente. Es por eso que me voy caminando rumbo al este, en busca de una señorita que me abrace. Necesito perder la prisa y también deseo sentir que la vejez no me imponga reglas demasiado infortuitas, ya que mis sueños se sienten débiles ante las arrugas que desaparecen con un bisturí.

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