Antes del último esfuerzo

Una docena de globos amarillos se escapan hacia un lugar sembrado de espinas y, con eso, aparece un dolor profundo en el alma de quien no pudo retenerlos. Una situación desconsiderada para algunos y demasiado intrascendente en un lugar donde la acefalía se reproduce de forma presurosa.

Desde mi lejanía, siento que mi letargo parece no tener fin. Hay momentos de angustia y desesperación. En un breve instante de lucidez, veo cómo un pequeño roedor muerde la uña de mi pie izquierdo; también observo un puñado de hormigas prendidas de su diminuta cola. ¿Quién podría creer semejante situación? Ya lo sé: el hombre que sostenía los doce globos, o tal vez la mujer que dibujaba corazones con sus manos en la arena.

A ellos podría elegirlos como compañeros, para que esta soledad no sea tormentosa. Porque, desde hace unos días, solo hablo con un roedor y con insectos de color rojo. Aunque parezcan muchos, no saben qué decirme cuando les cuento que los atardeceres tienen un aroma refinado y que las noches son mucho más demandantes que una flor en el desierto.

Pensándolo bien, me disfrazaré de valiente y me levantaré. Intentaré cruzar este bosque impenetrable al amanecer. Sé que no podré avanzar muchos metros, pero sería fabuloso encontrar, aunque sea, un globo amarillo. Siento que eso me alejará del ratón y de las hormigas dañinas.

Compartir
Compartir
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *