El reloj indica que son casi las doce del mediodía. El clima inspira más a una jornada de verano que a este otoño desarreglado. En la puerta de un local comercial cuelgan corazones llenos de luces, y un perro me ladra en cuotas extendidas.
De aquellas solitarias vías que un día fueron testigos de fastuosos eventos, a este presente irreal y melancólico, es que me adentro en busca de saciar el hambre de esas almas que parecen haber sido bendecidas por algún alienígena ebrio.
Al cruzar la puerta me encuentro con una mujer cargada de collares, piedras preciosas y algún que otro talismán para ahuyentar la mala onda de los envidiosos. Sé que últimamente debería cargar con grandes rocas en el cuerpo para espantarlos, pero demasiado peso ya vengo arrastrando; no voy a culpar al pan cocinado en horno de barro. Los dos lo sabemos: debemos separarnos.
No podría negar que la magia de su mirada puede deslumbrar a cualquiera, incluso al alienígena borracho. Por eso evito sostenerle los ojos demasiado tiempo; prefiero escuchar cómo su corazón se llena de amor cada vez que late y lo transforma en palabra.
Aunque mi edad avance sin pedir permiso hacia la recta final, y no sepa de compartir almohadas con perfume a soledad, me detengo ante la belleza de esa noble mujer. No para pedirle una cita ni para recitar esas genialidades que prometen los conquistadores del amor.
Solo dejo que la prisa se diluya entre las melodías invisibles que pueden sentir dos personas que miran la vida desde un lugar desconocido, donde nunca llegarán los hipócritas.