Siempre me pregunto dónde se encuentran las almas que deciden ser felices. ¿Será que las puedo ver en un circo haciendo sonreír a los chicos? O tal vez cuidando animales que otros tiran. Imagino que muchas de ellas convergen en un mundo ideal, donde el arcoíris sonríe todas las mañanas y las estrellas cantan canciones de amor en el ocaso de la noche.
Aunque sé la respuesta, trato de desprenderme por un rato de la realidad. No para huir de lo cotidiano, sino para sentir que por un rato soy libre en este lodazal que me mantiene atascado. Porque muchos de aquellos empáticos salvadores ni siquiera pueden hacer una mueca de alegría, ya que debieron empeñar su tiempo en ayudar a que otros puedan sentir que están vivos.
Es por todo eso que siento que la dinamita que tenemos encendida en nuestras manos, en cualquier momento nos terminará destruyendo. Sé que puedo ser un poco exagerado con esa comparación fantasmagórica, pero solo con observar a nuestro costado nos daremos cuenta de que las llamas de la indiferencia están consumiendo este hermoso bosque florido.
Sé que puedo pecar de pesimista al anunciar algún final que solo sucede en películas bélicas. No obstante, busqué una imagen de flores amarillas. Sé que no serán la salvación de esta locura colectiva; por el contrario, ellas pueden ser mucho más interesantes que aquellos que piden armonía solo para que los veneren los días festivos.