El jardín de los que no ven

No se animó a decirle que la quería. Solo pudo decirle que la estimaba, y con eso se sellaba un final. No había muchos testigos de ese momento de incertidumbre. El único ser presente era un gato que parecía verlo todo, aunque había quedado ciego después de una cruel tormenta.

El muchacho de capucha negra, que había recibido en frío la decisión de la señora de ojos claros, se fue caminando sin responderle nada. Ella meditó unos segundos, como dudando si había dicho lo correcto. Tomó una bocanada de humo de su cigarro recién encendido y, como un ave que comienza a volar sigilosamente, se marchó casi sin dejar huellas.

El gato, al no escuchar más voces, comenzó a caminar entre las plantas. Al no poder ver, se iba golpeando contra los rosales de ese jardín abandonado. A no más de diez metros del felino, se encontraba un anciano con sombrero que, al verlo, exclamó:

—Bienvenido al infierno.

Por un momento, todo se detuvo. La brisa suave se despidió sin avisar y un puñado de pétalos de rosas rojas comenzó a caer sobre el animal no vidente. Nuevamente, esa voz fría y añeja volvió a escucharse:

—El amor ha sido derrotado por las apariencias. Desde hoy, todos serán incrédulos y sin sentimientos.

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