Todos pasan velozmente tratando de atrapar las nubes, mientras yo sigo sentado en un lugar incómodo, esperando que llegue la primavera. Nadie sonríe. Parece que sus rostros están adormecidos por la avaricia.
No quiero moverme de donde estoy. Esperé tanto para ver florecer los lapachos rosados y las fresias que, si pierdo esa oportunidad, no me lo perdonaría nunca.
Mientras todos luchan por su bienestar, cargados de egoísmo, veo a la rubia que se acerca y me dice que debo levantarme porque, si no lo hago, terminaré tan dañado como el lugar donde me encuentro sentado.
Le contesto que lo intentaré. Llevo más de tres meses deseando que el sol golpee mi rostro y que las mariposas acaricien mi piel fría, pero ninguno de los dos ha aparecido.
Con la poca fuerza que me queda, me levanto. Es ahí cuando siento que me empuja una mujer llena de carteles que piden por la paz mundial y vuelvo a caer. Solo que esta vez me río de mí mismo, porque observo en un charco de agua mi cara embarrada y, detrás, los rostros preocupados de aquellos que antes corrían.
La rubia se acerca y me da su mano, mientras los ladridos de los caniches hacen de hinchada fervorosa. Un gato amarillo también se las ingenia para ayudarme a ponerme de pie.
Por un rato más esperaré que ese árbol florezca. Cuando haya sucedido, buscaré al gato amarillo, un par de rosas rojas y me iré a observar cómo los tiburones se ríen a carcajadas en una pileta llena de burbujas.