Al otro lado del puente.

Al otro lado del puente está tirada la muerte jugando con un rompecabezas. Se la ve perdida, pero estoy seguro de que nos está distrayendo.

Mientras don Juan se bebe una damajuana de vino, los perros le ladran al innombrable y a las almas que vienen en busca de paz.

Al otro lado del puente, las mujeres hablan de los vecinos y los hombres hacen trascender el chisme en un viñedo lleno de cuentos nostálgicos. Parece una telenovela extranjera, solo que los actores cobran con un tarro de miel y un pan lleno de hormigas.

No creo que don Juan pueda vivir muchos años soñando que su perro le va a ser siempre fiel, él siente que le va a dar un mordisco.

Al otro lado del puente disfrutamos de lo lindo que es respirar aire puro y nos ponemos tristes añorando que nunca más volveremos a sentir alegrías en el canal de la esquina.

El perro de don Juan se ha muerto, ya nadie podrá escuchar ladridos, tampoco habrá nadie que nos avise cuando estén llegando los acreedores, mucho menos cuando la parca nos quiera agarrar del cuello. 

Al otro lado del puente estamos un par de locos devenidos en bohemios jugando cartas con un lechuzo y diciéndole barbaridades a una mora añeja; parece estúpido, pero ella nos robó la última gallina. 

A Don Juan no se lo ha visto nunca más. Se sabe que está escondido entre los lamentos de las abejas hambrientas y los dolores de una bruja ciega.

Al otro lado del puente no nos importa si nos quieren, o si nos tienen en el olvido. Porque en este lugar nacimos llenos de tierra y con los pies cubiertos de barros. No le tenemos miedo a la muerte, pero nos cuidamos de la respiración traicionera de los vivos.

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