Caniches desbordados

Ha comenzado un nuevo mes, es increíble como me siguen divirtiendo los caniches rosados de mi barrio, hay momentos que juegan a ser buenos y en ciertas ocasiones salen a ladrar a las flores que están heridas.

Parece algo inusual, pero cada día que pasa estoy más convencido de que ellos buscan pleitos para sacar un rédito de todo el barullo que hacen. Porque si no sería algo inusual ver a la señora jefa de la manada vestirse de plebeya para acorralar a las pibas de lentes.

Entre pedidos y suplicas, escucho a la dama de hierro que trata de decirme que ore por la paz del mundo y por los alaridos de las cabras viejas. ¡Qué decepción!, con lo agradable que me caía las ancianas caprinas en días de tristezas.

Tampoco me sorprende el adorador de árboles en día de festejos milenarios, parece que sus súplicas lo siguen enterrando. Muchos menos los boludos que no se la juegan cuando deben enfrentar a la jauría de caniches con pompones aplastados, aquellos lucen tristes, deprimidos y con un parecido enorme a los unicornios de mi condado.

Es agosto, aún me conmuevo con la mirada de los ojos celestes de la rubia de pelo corto y me sigo sorprendiendo de los silencios de la señorita bajita de rulos, parece algo novedoso, pero llevo bastante tiempo disfrutando en silencio de la hermosura de esas musas y de la señora que siempre buscan pleitos ajenos.

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