Colibrí

Un llanto desenfrenado de una mujer que no entiende lo que ha pasado, y muchas risas desencajadas de varios locos que toman alcohol. Panorama de una tarde de mayo en la explanada de un viejo ferrocarril.

El viejo Raúl me grita que no avance. Un auto lleno de flores se está llevando a dos personas que tratan de ser felices. Le contesto que solo quiero calmar a la señora y reprender a esos ebrios que le están faltando el respeto.

No me entiende, a él solo le importa que esos recién casados puedan sacarse una foto junto al tren abandonado. ¡Qué desconsiderado!, grita la señora llena de ruleros desde la ventana de su casa construida con chapas.

Intento avanzar unos metros más, y un contingente de neozelandeses me tira naranjas en mal estado. Que provocación innecesaria, ¡con lo caras que están las naranjas!

Después de una ardua tarea, he logrado llegar donde está la mujer que nunca ha dejado de sollozar. Sinceramente, se la ve desbastada. Me acerco lo que más puedo, y le digo, ¿Señora, que le paso?, ella no contesta nada, solo llora de una forma que podría conmover hasta al más insensato de los leones.

Los recién casados ya se fueron hace rato, los borrachos se han esfumado con su alcohol. El viejo Raúl brilla por su ausencia, pero hay algo que me llama la atención. Es un colibrí de color verde metálico que yace muerto sobre las vías del tren.

Al darse cuenta la mujer de lo que he visto, ha dejado de llorar. Ella camina acercándose hacia donde estoy, y con voz titubeante me dice, “Mi esposo ha vuelto a morir”.

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