Compañeras

¡Me han dejado sola! Gritaba la piba rubia a los cuatro vientos. Su compañera ruluda se había dormido en un colchón viejo, y no había podido ir a ayudarle con las tareas. Juana se llamaba la rubia, ella vendía vasos de madera pintando con anilina, mientras que la ruluda; Julia, llenaba esos vasos con bebidas que extraía de un cactus.

Su negocio había prosperado tanto; que ya habían podido comprarse un auto de juguete, y un colchón en la tienda de usados. Por las noches solían juntar caracoles en la playa, no era algo sorprendente, pero les calmaba bastante el hambre.

Ellas se habían conocido de casualidad. Una había nacido en una zona agreste, mientras que la otra jugaba ser princesa en una quinta que imponía majestuosidad. Durante un tiempo jugaron a ser amigas, pero el negocio las fue convirtiendo en solo compañeras.

Juana quizás fue más visionaria, ya que los árboles que talaba para fabricar sus vasos, era un bosque interminable. Lo de Julia ya era algo limitado, debía pedirle al universo que nunca se secara ese cactus gigante, del cual le extraía ese líquido amarillento que tanto les encantaba a los hombres.

Durante los últimos meses se pudo observar como el cactus se había convertido en un diminuto arbolito de jardín. Era tanta la concurrencia por probar ese elixir, que hasta la ruluda se terminó enamorando de un cliente. Parecía un buen hombre, pero varios de sus conocidos no opinaban lo mismo, algunos decían que les robaba las monedas a los pobres y que había dejado de mantener a su familia.

Esos comentarios llegaron a la rubia, ella sentía que esa relación iba a arruinar el negocio que tenían, y también pensaba que por culpa de eso, iba a tener que vender el auto de juguete que habían comprado con tanto esfuerzo.

Ya con un cactus totalmente inservible, y con Julia que jugaba a ser la novia perfecta en ese colchón floreado que las dos compraron de oferta. Fue que el negocio se fue en picada, tuvieron que comenzar a pedirle nuevamente fuerzas al universo, y también a una vieja bruja de la zona.

El universo miró para otro lado, sabía que lo de esas dos ya era un tema terminado. A la bruja muy poco le importó, demasiado tenía con su insuficiencia renal. La ruluda sabía que por más que quisiera levantarse muy temprano, el cactus ya había desaparecido.

La rubia a pesar de la desesperación de no querer perder el negocio, y de haber fabricado una cantidad innumerable de vasos, se había dado cuenta de que no había líquido con que cautivar a los clientes. Ya resignada se acerco a ruluda, como pudo se arrodilló en ese colchón viejo, tomo la mano de quien había terminado con el cactus, se acercó a sus labios, la beso muy fuerte, y le dijo al oído que la amaba para siempre.

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