Compañía

Recorro cada camino como si fuera la última vez que lo transite.
No es una cuestión pesimista, solo he aprendido a disfrutar de esas rutas de una forma menos exigente.
Tampoco creo que esto le interese al perro que me ladra, soy demasiado estúpido como para que alguien con un grito feroz me llegue a atemorizar.

De a poco intento ser sincero con los inventores de los movimientos pélvicos. No es que antes no los fuera. Es que hoy ya vinieron por lo que quedan de mis viejos riñones, y creo que no sería agradable entregárselos por solo tener amor al arte.

Desde la cúpula de un edificio antiguo me está mirando una paloma mensajera, ella piensa que yo no la observo, pero de hace rato veo cuáles son sus intenciones. Intentará cagarme la cabeza como cualquiera de esas ridículas aves, ya que solo nacieron para eso.

Sin fijarme mucho en lo que pueda suceder. He decidido caminar por un callejón lleno de rosas azules. Se lo ve tranquilo, y por momentos demasiado atractivo. Es probable que por esos lugares no lleguen las palomas malintencionadas, ni los cuervos ensobrados.

De pronto hay una señorita caminando a mi lado. Ella me mira muy dulcemente, sonríe, y me pregunta, «es agradable ser payaso». Le respondo que por momentos es algo incómodo mantener la cordura, pero que si me acompaña un par de metros más, se dará cuenta de que se trata.

Es así, que en este instante vamos acompañados por estos senderos sinuosos que tiene la vida. Ella por el momento se sonríe de mis estupideces, y suele ponerse muy seria cuando me agacho para atarme los zapatos.

Después de varias horas que nos vamos haciendo compañía, y sin que la señorita se diera cuenta. Le he puesto una margarita en sus cabellos. Se ve tan hermosa, que seguramente, ni a la paloma, ni a al perro ladrador, les interese saber que nosotros estamos vivos.

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