Desacierto

Ana había conocido a Silvio una tarde fría de abril, más allá de que habían interactuado aproximadamente dos meses y quince días a través de correspondencias. Ese iba a hacer el primer día que se mirarían a los ojos, y se saludarían con un beso lleno de fantasía. 

Ella se había vestido con un pullover de su abuela, y un pantalón que había comprado en una feria de barrio. En cambio Silvio había preferido un pantalón de gabardina verde, al cual había combinado con un suéter negro lleno de inmensos girasoles, estos habían sido comprado por su tío en una tienda de Europa.

La tarde de aquel día, quedará guardada para siempre en sus corazones, y también en su piel. El frío intenso, y esa brisa profunda que hacía tiritar a los perros callejeros de la plaza, había hecho que esa pareja de enamorados comenzara con sus primeros estornudos.

Después de media hora de charla decidieron darse el primer beso y caminar de la mano por esa plaza que siempre fue testigo de encuentros cercanos. Era tanto el amor que fluía de sus cuerpos, que eso había llamado la atención a una paloma, la cual se les acercó a pedirle consejos para ser feliz con su pareja.

Ana y Silvio con el tiempo decidieron unirse en matrimonio, apostaron a jugar con ser felices en una montaña rusa llena de imprevistos, y alumbraban a la noche con bengalas de color verde. Nadie podría detener ese cúmulo de sensaciones bonitas. Ese dúo de veinteañeros estaba haciendo estragos con la prosperidad, y derrochaba amor por doquier.

En esa vorágine constante que nos suele apretar el pecho, y que muchas veces nos hace deambular entre los desaciertos. Esa pareja de enamorados que se conocieron una tarde de otoño, hoy están cumpliendo veintiocho años de casados. A él se lo ve abatido por la vida, y por esas ideas guardadas en un guardarropa de puertas corredizas. Ya no sonríe con esos girasoles que llevaba en su suéter, hoy se viste con ropa prestada que encontró en el cementerio.

La tristeza de Ana vagabundea entre las flacas alegrías que le pudieron dar sus tres hijos, y esa sonrisa pícara de su primer nieto. Ella ahora camina mezquinado ganas entre la humedad de un cuarto vacío de esperanza, y el olor a desidia de esos años que vivió junto a Silvio.

No hay tiempo para tibias decisiones, un vaso con un líquido de color amarillento esta por ser bebido por esos dos que siempre quisieron. Podríamos culpar a sus progenitores por no haber sabido explicarles cómo era la vida, también podría condenar al estado por la falta de oportunidades. Lo que si sabemos con exactitud, es que a esa paloma que un día les pidió un consejo de amor, hoy se le corre una lágrima llena de desilusiones.

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