Desafiando mis silencios

He comenzado a desafiar a mis silencios, qué rara sensación, pero qué alegre desahogo puedo percibir después de las medianoches. Para ciertas personas les debe resultar extraño que actué de esa forma, se habían acostumbrado a que siempre les sonría por sus cobardías.

No voy a negar que todavía me cueste responder a los mandatos heterogéneos que cultivan los expertos en felicidad. Ellos se caracterizan por tener la última palabra en los paradigmas de lo correcto. Palabra que sacaron de su diccionario el día que los compraron con un pedazo de piedra robada.

Desde hace un par de días he preferido secarme las lágrimas en el hombro de los que me quieren. No quiero compartir mis dolores con los traidores. Me cansé de ver cómo les piden limosnas a las comadrejas, y después se engalanan paseando con el brazo apoyado sobre la ventanilla de un auto a pedales.

Seguramente a nadie le importe si estoy matando a mis silencios. Soy demasiado viejo como para arruinarle la cena a un magnate del odio, pero que les quede claro que sí, mañana me lleva la encapuchada. Iré con las manos vacías, y con las palabras anotadas de todos aquellos que una vez le mintieron al mar.

¡No teman cobardes! Ustedes saben que el cielo nunca será de ustedes, como tampoco las caricias de una mano arrugada. Solo aprendieron a juntar miseria y a derramar calumnias sobre los que se quedan callados.

Ya no me busquen con sus lástimas, mucho menos con sus vanidades. Desde esta mañana  estoy construyendo un cartel de madera gigante que colocaré en el frente de casa, el cual dice, “Desafiando mis silencios, quiero morir tranquilo acariciando mi gato”

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