Desencanto

Me despierto buscando explicaciones de todo lo acontecido. Que extraño que sus silencios ahora sean torbellinos venenosos buscando desestabilizarme.
Veo que el reloj me indica que son las cuatro de la mañana de un domingo caluroso. He comenzado a caminar sobre este lodazal que se ha formado por el excesivo consumo de mentiras y de promesas que se desmoronaron muchos antes de decirlas.

Como a cinco metros de mí está sentado un señor de bigote tratando de sacar su bronca. Es inaudito pensar que diciendo lo que a él le dieron por debajo de una mesa redonda, sea lo mejor para esa manada de asnos flacos. Demasiado le mintieron a esos equinos, como para que le anden creyendo a ese hombre vestido con un traje falso de buen samaritano.

Sigo recorriendo este lugar devastado tratando de calmar a los dolidos, y también de darle un poco de agua a una cerda vieja. Creo que es insalubre tenerle lástima a ese tipo de animales, pero que decadente es ver como ella se llena el hocico con una sonrisa cómplice; solo con el hecho de justificar su inoperancia.

La piba que un día jugaba ser fanática de los vasos de colores que regalaba el payaso gordo. Ahora se encuentra metida hasta la cintura en este barro pegajoso de la realidad. Es increíble como ella se ha mantenido en silencio tratando de evitar que le vendan esos vasos que siempre le regalaron.

Me voy del lugar pensando en lo que he visto. No quiero  imaginar que esto ya no tiene solución, pero me acaba de parar una mujer con un pibe en sus brazos. Me pide que le ayude con unas monedas, necesita de forma urgente ponerle el último pétalo a la rosa que tiene tatuada en su hombro.

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