Destructores

Estamos sosteniendo un metal lleno de púas con las manos desnudas. Alguien dice tener la verdad, otros ocultan la mentira en una caja de leche vencida. El despropósito ha logrado hacerse mella en las rejas de un lugar que carece de veracidad.

Los miro, y me doy cuenta de que alguien les mintió. De nada sirvió ser pacífico, ya que los vestigios de una buena enseñanza, solo fueron patrañas de unos insensibles llenos de demagogia. Son esos mismos inescrupulosos que solo les importa morir con una abultada cuenta bancaria.

Ellos me miran, y piensan que vivo entre la magia de las letras del abecedario, y una canción de los Rolling. Ni siquiera se imaginan que aún no pude rescatar el último pedazo de alma que tuve que empeñar por un par de monedas mal hechas.

En el momento menos esperado alguien levanta la mano y me dice que Jesús me va a ayudar. No hace falta mirar a Jesús, ya imagino su cara de resignación, y su voz pausada diciéndome, «¿Otra vez tengo que ayudarte?».

Me voy, les digo que traten de ser menos infelices que sus perros. Demasiados sufrieron esos canes al ser alimentados por manos contaminadas. Aunque parezca extraño, las calabazas aún siguen sometidas por los vientos colorados del este, y por los idiotas que siguen dando abrazos ficticios.

Camino menos de diez metros y me hablan, «señor, se olvidó la bondad en el escritorio». Le sonrió, es muy pequeño para entender que la bondad no se olvida jamás. Es algo que se lleva en el pecho, y que en muchas ocasiones debemos protegerla de los malhechores que se disfrazan de samaritanos.

Compartir
Compartir
Compartir
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *