Sus manos lucían débiles y las pupilas de sus ojos estaban desorbitadas. No sé cuántas lágrimas habrá derramado esa mujer confundida. Solo podía ver cómo su incertidumbre se acomodaba en un sillón de más de medio siglo.
Intenté hacerla sonreír y decirle que todos podíamos sentir el sinsabor de la economía. También traté de empatizar con su hidalguía y con los pretextos que tenemos a mano en cualquier situación catastrófica; en pocas palabras: “cuando el agua nos llega al cuello”.
No conforme con eso, me acerqué a un rosal para pedirle una flor. Sentí que, entregándole eso tan bello, ella podría respirar más tranquila unos minutos. También la invité a que abrazara un árbol, que siempre está vestido de verde. Ni siquiera con todo lo que pude ofrecerle logró esbozar una sonrisa. Por el contrario, su aura se confundió con el color de la noche.
Caminamos unos metros y nos adentramos en un lugar donde se cocinan letras y sueños. De manera muy sugerente, la mujer apoyó la rosa sobre la mesa y, después de unos minutos, ella decidió marcharse. Al salir, encendió un cigarrillo tratando de calmarse, para luego desaparecer.
Miré el cielo por un largo rato, tratando de no sentir sensaciones extrañas, ignorando que adentro el pimpollo de rosa se había quedado olvidado, casi sin entender por qué los humanos somos seres llenos de culpas.