El tiempo se esconde entre flores

Sobrevolamos la tierra llena de árboles, buscando darles sentido a los caprichos que adquirimos en un almacén de liquidaciones. Pensamos que, de esa forma, podemos sentirnos felices. Es más: decretamos ciertos eufemismos como algo fabuloso para nuestra existencia.

No deberíamos tratar de seducir a los ingratos, pero el solo hecho de que todo sea una cadena de imposiciones transforma lo miserable en hermoso y lo tenebroso en caricias para el alma. Sí o sí necesitamos malabaristas silenciosos que nos diviertan.

Por un momento quedo suspendido en una nube llena de misterios. Desde acá puedo ver cómo una hermosa cubana intenta descifrar los nudos que tienen a maltraer a una planta florida. Ella sabe que puede lograrlo, solo que nadie le avisó que el tiempo se esfuma entre las flores amarillas.

Al parecer, el gato que me está observando desde la planicie no tiene ganas de hablar conmigo. Solo quiere que le brinde comida y una cobija para descansar sin que nadie lo moleste. Yo había imaginado poder entablar una conversación muy profunda con el felino. Algún día debo aprender que no todos tienen ganas de charlar conmigo, mucho menos los gatos.

Nuevamente el ocaso se hace presente, y las incertidumbres que había cargado en la mochila se han acrecentado. No solo me están picando cinco mosquitos musculosos: también he sentido que el gato me ha clavado las uñas en la espalda para que le entregue su alimento.

De la cubana llena de belleza no he sabido más nada. Tal vez se fue caminando hacia el Atlántico persiguiendo sueños, o tal vez necesita que el agua la lleve hasta los brazos de su progenitora. Porque, por más que andemos volando junto a las nubes, siempre hace falta un abrazo fuerte de quien nos dio la vida. No son remedios sanadores para el corazón, pero la sinceridad de ese momento espanta a cualquier desagradecido.

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