El viejo de la bolsa

Su nombre de pila era Luis de la Marías Pérez, pero todo lo conocían con él “viejo de la bolsa”. Apodo concebido por el dueño del único almacén que tenía ese inhóspito lugar. Esa pequeña localidad se encontraba a veintiocho kilómetros de la villa cabecera de un pueblo que casi llegaba a los mil habitantes.

El viejo se caracterizaba por llevar un perro tuerto de compañía, y por una cicatriz que atravesaba todo el costado izquierdo de su rostro. Se hablaba de que Luis había sido un malhechor de alto renombre en una ciudad europea. Nunca se pudo comprobar fehaciente eso, ya que el hombre no omitía palabras.  

Durante los días de invierno el viejo se ofrecía para traer leña a los pocos vecinos que tenía el lugar. La forma de interactuar con la gente era muy particular. Con fotos de revistas viejas que tenía guardado en un morral todo descosido, les hacía señas del servicio que estaba ofreciendo. Durante la época estival repartía a los vecinos las bebidas que el almacenero tenía para la venta.  

Su fiel compañero nunca lo abandonaba. Aunque hiciera el frío más cruel, el can estaba de pie al costado de su pierna izquierda. Por las noches descansaba en una manta de colores que el viejo tenía guardada de antaño. Nunca se supo si ese perro lo había encontrado en el camino, o si también había sido polizonte de algún barco pirata.

Para fines de los noventa el “viejo de la bolsa” desapareció misteriosamente del pequeño pueblo. Nunca se supo lo que sucedió. Muchos de los vecinos hablan de un ajuste de cuentas. Según el almacenero, se fue porque le debía el alma a Dios. Tan solo había quedado su perro tuerto, que en menos de un mes fue asesinado por un gato gigante de color pardo oscuro rojizo. 

Paradójicamente, en este momento estoy mirando un morral semi enterrado bajo un sauce llorón. Tal vez sea parecido al que usaba el viejo, o quizás sea el viejo que había venido a buscarme; para que juntos podamos contarle a Dios de nuestros proyectos, pero lo que mas ha llamado la atención. Es que hay un perro atado al árbol, el cual tiene la cabeza cubierta por una tela de color rojo, y ladra cada dos minutos mirando al cielo, como pidiendo una explicación al creador. 

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