Observo hacia el ocaso buscando la aprobación de la noche para llenarme de felicidad. He comprendido que mi humor se manifiesta con los sonidos que me brinda la noche. Sé que muy pocos podrán desafiar a los lamentos. Es más, en varias ocasiones he sido abrazado por ellos. Tal vez sea por eso que la noche y los lamentos sean adictivos para los que buscan provocar a lo cotidiano.
Durante estos últimos años, aprendí a no reírme, y también a dejar las lágrimas guardadas. Me di cuenta de que a muy pocos les importan los sentimientos que ayudan a descubrir el amor. Aunque muchos de ellos lleven como estandarte la bandera de un universo mágico para un mundo mejor. Se ven tan decadentes cuando tienen que recurrir a la indiferencia para poder alimentar sus egos.
En este momento estoy sentado sobre una piedra llena de barro, dilucidando si tu mirada es sincera o si ya aprendiste a mentir. No me molesta para nada que me mientas. Me molestaría demasiado que repitieras las mismas estrategias engañosas que te llevaron a tener ese rostro envejecido.
Me paro para ir a observar un pájaro que atrapó un pez de muchos colores. Este, me mira pícaramente y me hace seña con un ala de que está todo bien. Aunque haya intentado ser complaciente con el panorama desolador que tiene tu cara. Los dos sabemos que estamos más cerca de la muerte que del amor. Ya que a vos, tu corazón ha sido extirpado por ese pájaro rufián. Y en mi caso, todavía no puedo alejarme de la mujer que me aprisiona por el cuello cuando me descuido.
Es por eso, que tanto aprecio la noche y sus locuras. Y también, es por eso que dejé de sonreírle a tus oportunísimo. Haber sumado un año más a mis huesos me permite olvidar tu belleza… y también tus mentiras.