La Muerte también ríe

Un golpe certero en el costado derecho de mi cabeza me deja tambaleando. Es la melancolía que se ha disfrazado de benévola y no me ha dado tiempo de nada, ni siquiera de enfrentarla. Situación confusa, ya que ahora estoy tirado en el piso, esperando ver si alguien me hace señas.

Cierro los ojos y los deseos de levantarme parecen imposibles, aunque sé que todo puede ser inocuo. El cambio climático me aprieta muy fuerte contra el piso. No es mi peor enemigo, pero podría asegurar que quiere aniquilarme.

Siento el ruido de una silla que se arrastra hasta llegar a mi lado. Con mis ojos entreabiertos la veo a ella sentada. Está vestida de negro y fuma cigarrillos importados. Me observa con mucha soberbia y, cada tanto, se ríe de forma desmesurada.

Las señales que había estado esperando no llegan. Una rata se acerca para brindarme su ayuda, pero su única intención es morderme el brazo que tengo adormecido.

Vuelvo a cerrar los ojos. Tampoco quiero escuchar sonidos. La mujer de negro se levanta y me larga una bocanada de humo sobre la cara. La escucho decir, en voz baja, que no le tenga miedo a la melancolía, que no sea cobarde y que, aunque me esté retorciendo en el piso, debo seguir. También me comenta que, por ahora, se irá sin mí, pero que, si el dolor persiste, tendremos una charla más contundente.

Mientras me voy levantando, veo cómo ella desaparece. Ahora hay una flor roja y un escrito poético que llama mi atención. Tal vez sea solo imaginación, o quizás la señora me llevó; y ahora soy alguien que solo desea ver flores hermosas en el desierto.

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