Sigilosamente nos movemos bajo una noche que huele a trampa y misterio. Sé que deberíamos permanecer silenciosos, pero es casi imposible. La belleza de tus labios hace que broten mis halagos y todo se transforme en una charla llena de picardía.
¿Qué puede importar si los caniches no están observando, o si esa señorita pecaminosa de lentes nos condena con el dedo solo por decir lo que sentimos? Sabemos que la noche será demasiado corta y que las estrellas están ansiosas por el desenlace de nuestro momento. Eso sí, el sol también espera vernos abrazados y cubiertos de pasión.
En el momento menos pensado se escucha la voz de un animal que se golpea el pecho con sus patas. En él se ven lágrimas en los ojos y un pesimismo en su rostro que lo convierte en un alma en pena. Es el reno astudo, que ha quedado tirado al costado de la ruta mientras un puñado de personas se ríe de su ornamenta.
Después de semejante acto de decadencia, una estrella fugaz nos hace regresar a ese instante poco locuaz que teníamos al principio. Ahora hemos decidido tomarnos de la mano y, en un envión casi premeditado, nos acercamos para sellar ese momento con un beso. Pero, de repente, alguien ha encendido muchas luces y los dos quedamos paralizados, completamente iluminados.
Lo que parecía una noche explosiva se ha convertido en una experiencia casi demencial. Porque ahí están el caniche, la piba de lentes y ese reno totalmente herido, observando cómo nuestras manos se han soltado para que, definitivamente, la pasión sea abducida por una noche que no solo ha perdido la picardía, sino también la coherencia.