La seductora

En mi niñez fue la primera vez que escuché hablar de ella. Sin saber demasiado; pude darme cuenta de que era muy atractiva y seductora, no creo que haya persona que no se maravilló con su encanto.
A medida que fui creciendo sentía que su apego era muy fuerte, había días que ella me abrazaba tiernamente y me mostraba lo mágico que era un mundo lleno de abundancia.

No voy a fijar fechas con exactitud, pero deben haber sido por los noventa; fue ahí que me di cuenta de que ella estaba coqueteando con un amigo y le mostrabas sonrisas encantadoras a un vecino que soñaba con ser héroe.

Durante mucho tiempo fui buscando maneras de olvidarla, me refugiaba con mis amigos y trataba de tener bien en claro lo que un día me habían enseñado mis padres.

La debilidad de volver a caer en sus redes estaba a la orden del día. Observar como ella se desenvolvía y mostraba sus artilugios de conquista, hacía que tuviera que pensar más de dos veces si era correcto estar lejos de esa voluptuosa llena de cariños.

Con el tiempo pude darme cuenta de que la magia de la encantadora había destrozado a la señora que siempre me miraba por la ventana y también al joven que pretendía usar la capa roja para salvar a las ballenas rojas que sabían habitar en la cordillera.

Ni hablar de la adolescente de labios pintados que un día soñaba con darles besos al rubio de la tele y juntar tapitas de plásticos para construirse una casa en Berlín. A está, solo le quedo un puñado de amaneceres tristes para observar y un corazón lleno de sentimientos miserables.

La atractiva, seductora, espléndida, encantadora y llena de muchos calificativos exorbitantes había terminado con todos. No había quedado ni el perro del viejo ladrón, ni el rosal amarillo que un día fue afanado a los chinos.

Ustedes se preguntarán como pueden existir alguien tan cruel, yo solo puedo responder que todo sabemos su nombre. Quizás por miedo de haber pactado muchas veces con ella, es que muchos no quieran nombrarla.

Pero como yo soy un payaso que se divierte de las estupideces que hace la gente y que ha sangrado por algunas partes del cuerpo. Es que puedo susúrrale muy despacio al oído y decirles que ella se llama “Envidia”

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