Mis lamentos se confunden con los gritos de una señora llena de odio y los ruidos provenientes de una habitación cubierta de telarañas. No quisiera que nadie me vea en este estado. Por un lado, siento que estoy en inferioridad numérica ante los demás sonidos y, por otro, tengo la cabeza llena de arañas patas largas. Eso sucedió cuando intenté observar qué sucedía en esa morada fogosa.
Debería haber hecho caso a mi instinto de escape por un segundo y no estaría compadeciendo las atrocidades que me está dedicando esta señora llena de ruleros, solo porque me asomé por la ventana que decía: “La felicidad está acá”. Ella piensa que soy un polizonte que anda buscando un hogar para internarse.
Sin mirar hacia atrás, siento que hay dos borrachos. Se ríen de mí, de la mujer gritona y también de las arañas. No vamos a hacer un gran descubrimiento al saber que ellos también podrían estar riéndose de las lágrimas de un payaso y, por qué no, de las miradas indiferentes.
Es por todo eso que estoy viviendo que tomo una araña que va caminando por el brazo muy sutilmente, me la acerco, como si fuera a hablarle al oído, y en voz baja le digo: “Escápate rápido, acá estamos todos con el corazón destruido».