Langostas y colibríes

Trepada al alambrado que divide el bien del mal, una langosta gigante se balancea buscando la sombra de un viejo árbol. No le importa si su bikini es diminuto o si sus suecos son importados. Ella es feliz con sus lentes azulados.

Desde arriba del árbol, un colibrí que ha perdido el color por el paso de los años le grita que se cubra el cuerpo. Que no es necesario andar mostrando, ya que es una señora mayor.

Obviamente, al insecto saltamontes poco le importa la opinión de la pequeña ave. Demasiado tuvo con tener que soportar a un grillo presumido el Día de Reyes.

A ciencia cierta, podríamos enarbolar la bandera de la langosta y sentirnos libres ante la opinión de los viejos colibríes, pero ¿quién de nosotros ha sido capaz de sentir empatía por el ave vieja o desconsideración por esa langosta rebelde? Si, de una forma u otra, siempre estaremos descontentos: ya sea arriba de la alambrada que divide la alegría de la tristeza, o en ese árbol lleno de espinas que nos abraza para que no nos caigamos.

Seamos sinceros. Seguiremos siendo langosta y viejos colibríes durante un buen rato. Nadie se anima a destejer alambrados para que haya libertad. Estamos encerrados junto al egoísmo y la envidia. Es por eso que mañana nos importará muy poco si el cielo tiene nubes con forma de fantasmas o si el arcoíris está en blanco y negro.

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