Luciérnaga

Recién había conocido a un frágil luciérnaga y la invité a contemplar el bosque. Parecíamos dos seres extraviados tratando de encontrar nuevos rumbos, pero sin darnos cuenta nos habíamos unido en un solo lema, “Tratar de ser felices”.

Ella, la primera vez que pudo observarme me preguntó de dónde venía. Si mi traje de payaso lo había bordado con piedras de la montaña, o si solo eran decorados de fantasía. Solo sonreí ante su pregunta, era muy difícil explicarle los embates y batallas que había sufrido ese maltratado atavió.

Cuando se fue acercando nos fundimos en un abrazo, poco importó si estaban las águilas observándonos, o si la madre superiora se ruborizaba ante tamaña situación. Caminamos veinte metros, era la distancia que nos separaba de unos arbustos sedientos. La invité a que juntos le diéramos gracias a la luna, y también al sol. Que le dedicáramos palabra bonitas a la vida, y que si uno de los dos se tenía que marchar, que solo fuera porque la parca había tomado esa decisión.

No creo que la haya sorprendido con esa idea, pero era lo más mágico que tenía en mi bolsillo derecho. Debe haberle gustado bastante, ya que ahora cuando sale a descubrir el universo, se viste de muchos colores, y le sonríe a los astros con mucha alegría.

Ella tiene nombre, pero he preferido guardarlo por el momento. No es que quiera ocultarla y me avergüenza que sepan de ella. Es que me da temor que le apaguen su luz los malvados de siempre. Porque a mí me pueden sacar un pedazo de piel, pero que ataquen a la bella de la luciérnaga, ya sería un espanto para el viejo payaso.

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1 comentario en “Luciérnaga”

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