Malos negocios

Restos de arena siguen recorriendo mi piel. Llevo más quince años sintiendo como su roce me lastima día a día mis codos. Casi que no los puedo afirmar en la mesa como sabía hacerlo aquellos días de prosperidad divina. 

En la antesala de estos días desgraciados he podido observar a la muerte que me vigilaba. Ya ni siquiera se esconde para que sea algo sorpresivo. Ahora se aparece por la ventana de mi cuarto; casi sin pedir permiso. Ni ella se ha salvado de la ansiedad… Tampoco de la estupidez. 

El domingo a la madruga pude vender unos lentes que tenía para mirar de lejos. Con ese dinero compré un bidón de nafta para limpiar las plantas, algunos dicen que es perjudicial, pero yo vi que varios impostores de sueños, la usan para darles brillo a la cara de los idiotas. 

Como si no fuera grave lo que estoy viviendo. Una señora vestida con ropa de color verde me comenta que no debo provocar a la cenicienta, ya que ella es sensible a los retos de un caudillo fraudulento. No sé que contestarle, ya que también un día fui creyente de los reyes magos.

Lo que ella no sabe es que tengo cien pesos que me quedaron de la venta de los lentes, con ese dineral quiero decirle que no se meta en lo que no le importa, pero si me gasto ese dinero no tendré con que pagarle a la cobradora de la muerte. Sé que es irrelevante el dinero para ella. Solamente busco que mi billete tenga un valor sentimental, ya que el económico lo perdió cuando se lo llevaron de paseo las águilas de siempre. 

Aunque este nublado la arena ha seguido cayendo como siempre. Quiero creer que un día eso dejara de suceder, porque he comenzado a sentir un susurro más fuerte por la ventana. No sé si es la parca que viene nuevamente a buscarme, o es que también quiere quejarse de que cien pesos no son nada.

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