Montañas.

No es un río lleno de lava lo que carcome la montaña en noches de erupciones. Son las furiosas tormentas de verano las que la van debilitando.

Convengamos que esa maciza serranía ya venía desgastada por los cambios climáticos de los últimos tiempos, y por los infortunios producidos por algunas personas que buscaban sacar un provecho de sus minerales.

Está poco claro si al guanaco vestido de Robín Hood le importe lo que está sucediendo, a él solo le interesa mostrar sus partes íntimas en el almanaque de enero.

A la que se la ve confundida es al avestruz. Esta es la que vende estampitas al pie de la montaña, sabe que si todo comienza a decaer, su trabajo también habrá menguado.

En esa maraña de desconciertos y falta de empatía, también se encuentra una araña de cuerpo esbelto. Nadie ha querido decirlo, pero muchas de sus víctimas fueron atrapadas por su sensualidad. Esta cazadora también percibe el aroma a soledad después de que todo se extermine.

Como dato no menor, también encontramos al pie de la serranía que esta por sucumbir a una mujer de cabellos largos envuelta en un trapo negro. Ella está barriendo con una escoba de sorgo escobero, y cantando en voz baja una canción de Jimi Hendrix.

No se la nota triste, al contrario; entre lo que se puede apreciar de su rostro entre esa inmensa cabellera. Hay una sonrisa pícara, y un deseo ansioso de que todo se convierta en polvo. Sabe que al amanecer podrá cargar en su bolso de viaje varios de nuestra especie, y otros tantos que andan rodando este frágil paisaje.

Ya no hay tiempo para más, la montaña ha desaparecido. En ella se fueron los mejores recuerdos y los divertidos cantos de las golondrinas. Ya no habrá risas cómplices, tampoco lágrimas de alegría. Nada será como antes, porque la muerte cargo todo lo que pudo, y ahora todo es desidia

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