Miles de saludos se desparraman sobre el ocaso de un día festivo. No hay limitaciones. Si hasta los pájaros negros se abrazan en señal de algarabía. No quiero negar que su espontaneidad me ha dejado boquiabierto.
Aunque intento no llamar la atención, también me he unido a las inquietudes intergalácticas de personas que quieren mostrar su nariz en las ventanas corredizas de un lugar lleno de vanidad.
Por ahora, estoy sintiendo que no tengo la posibilidad de tomar una decisión certera, ya que no puedo establecer un punto concreto entre la realidad y esos deseos inmensos de volar sin paracaídas.
Tal vez suene a locura, pero ¿quién no quedó vulnerable después de haber observado cómo la maldad se vende libremente en cualquier almacén de barrio?
Después de varios minutos de aceptar que tus silencios no son ingratitudes, he vuelto a sonreírle a la señora que me tiene abrazado en este laberinto sin salida. No quiero seguir provocándola; no es que le tema. Solo pido algo de tiempo para poder observar de cerca tus ojos llenos de incertidumbre.
Porque, por más que intentes decirme que soy un alma perdida que busca consuelo en flores que no tienen aura, yo quiero quedaré observando cómo tus pupilas se dilatan con el calor del sol que nunca te animaste a mirar.