Pastillas

En el bolsillo de mi vieja campera encontré dos caramelos media hora y un billete de cien pesos. No sé cuál de los dos me produce más desazón, si el sabor del aromatizante del caramelo, o que ese billete no me alcance para comprar dos caramelos con gusto al anetol.

Me di cuenta de que ya no puedo disfrazarme de alguien facineroso, y tampoco de mendigo. Estaría devaluado socialmente por los caniches del residencial, aunque ustedes no lo crean. Ellos nacieron para masticar palitos de la selva envueltos en papel de regalo.

Desde una de las ventanas de este cálido condado, un hombre llamado Juan me saluda con su mano vendada. Él necesita contarme que le ha sucedido, pero también desea confiarme un secreto. Le ha sido infiel por cuarta vez al amor de su vida.

Un poco que se preocupa por que su mujer se entere, no sería nada fácil irse del lado de quien lo aguanto casi treinta años. El dato más sobresaliente sobre su preocupación, no sería el dolor que le podría propiciar a esa mujer. Lo que más le molesta, es que se enteren los caniches del residencial de que él le roba las pastillas de color cielo a don Horacio.

Pobre don Horacio con la inflación que tenemos, él se ve sucumbido en el amor por culpa de un ladrón que juega a ser héroe. Sinceramente a mí me gustaría contarle lo que está sucediendo, ver a ese hombre medio tristón me da un poco de pena. Aunque nadie lo crea, también me aflijo cuando alguien no llega a consumar su propósito.

He mantenido el silencio, no quiero que el residencial se vea convulsionado por un acto corrupto de amor. Ya demasiado tenemos con los que sonríen y aplauden por compromiso, ellos se van a llenar los bolsillos de caramelos, mientras que a don Horacio le seguirán robando sus pastillas que duran casi una hora.

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