Quejas

Estoy enfermando, solo tengo fuerzas para tomar un vaso de agua. No creo que la anciana que me está observando me pueda salvar. O tal vez ella sea la muerte que viene a buscarme. Le hablo con el último suspiro que me queda, «¿señora usted es la muerte?».

La mujer de cabellera blanca no me responde, ni siquiera me observa, ella solo mira hacia el horizonte buscando repuestas. Todavía le debe costar entender lo que acaban de ver sus ojos hace menos de una hora.

Después de unos minutos de silencio. Ella dice en voz baja que su hijo se ha marchado. Que ya no volverá a decirle que lo que quiere, y que tampoco podrá acariciarle su mejilla como lo venía haciendo desde hace más de 40 años.

Acomodo un poco mis huesos y me levanto. Siento que mis dolores en el cuerpo son ínfimos, comparados con lo que le ha sucedido a esa mujer. En ese momento me doy cuenta de que ella lleva una marca en su brazo izquierdo con una inscripción que recuerda a mi niñez, «los dolores son las marcas de todas las caídas que nos supimos levantar».

Me acerco y la abrazo muy fuerte. La mujer comienza a llorar de forma desesperada. Entre sollozos dice que su hijo se fue entre vuelos de los acróbatas de un circo pobre, y las locuras de un piloto de avión descolorido. No quise preguntar detalles, era sabido que a esa mujer se le estaba cayendo su corazón a pedazos.

Quise disimular un poco lo que me estaba pasando, ya que los dolores que estaban llevándome al letargo final era un simple resfrío de otoño. Saber que esa señora acababa de ver su retoño sin respiración, y yo quejándome de una pequeña afección me convertiría en una desalmada alma tratando de llamar la atención.

Sin mediar palabras con la anciana me voy yendo entre las sombras de un viejo algarrobo, y las fragancias apestosas de un charco abandonado. No creo que vuelva quejarme de un resfrió, como tampoco de las señoras mayores que no se detienen a escuchar a los pájaros solitarios. Muchas de ellas siguen caminando como pueden, ya que se quedaron sin ese que les decía, «¿mamá donde me dejaste la ropa?» .

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