Separados

La última campana sonó después de las nueve de la noche. Aunque parezca algo trágico, ese sonido me permitía sonreír después de un día lleno de cancelaciones.

En la oscuridad de esa jornada acéfala veo a una mujer llena de problemas intentando escapar de los brazos de un niño solitario. Parecen dos personas con corazones llenos de cicatrices, pero solo son dos inmaduros que buscan llamarle la atención a la luna.

Un perro con nombre de carpintero intenta que ella vuelva de regreso. Eso duro menos de un minuto, una bolsa con comida afrodisiaca hace que el can deje de pensar en una alternativa celestial para esos dos que se siguen gritando.

Cuando por fin llego la calma. Un gato vestido de soldado le comenta a su compañera que ellos también deberían separarse. A la gata no le parece descabellada la idea, presiente que de esa forma tendrá tiempo para ir a que le arreglen las uñas, y sus pestañas importadas.

Después de engullir cinco kilos de comida el perro está mirando con cariño a la luna, y ha comenzado a corretearla. Nadie le explico que a la luna no le importa el amor, ni los acercamientos ocasionales. A ella solo le importa estar sola para poder acompañar a las almas enamoradizas.

Ya extenuado de tanto sacrificio, el can decide volver a su casa. En el camino se cruza con el gato que tiene todo el traje rasgado, y con la mujer que ya ni siquiera habla. Esta ha preferido sentarse en el costado de la vereda a fumar un cigarro armado con yerba mate usada.

Mientras que el niño solitario intenta por enésima vez llamar por teléfono a la mujer desbordada, la gata de uñas recién pintadas le grita desde la calle, “arréglate un poco, que vamos a ir a ver a la luna que está a punto de suicidarse”.

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