Una flor de festejo

Las celebraciones deberían ser constantes, percibo que poder festejar un día de la vida nos ayuda a reflexionar que tan hermosa es la vida y que sencillo es darnos cuenta de lo que tenemos, y de los que nos falta.

Cierto día conocí una Rosa, era de color carmesí y aunque ella se escondiera detrás de los arbustos, su belleza había deslumbrado a las demás flores. Era una obviedad que a la flor eso poco le importaba, solo trataba de no ser dañada por los insectos maliciosos, y de que sus pétalos no fueran desordenados por los rayos del sol.

Con el tiempo me di cuenta de que esa flor fue dañada por los vientos, deducción que saque al ver que en cada acercamiento hacia ella, automáticamente solía mostrar su tallo lleno de espinas. No debe ser fácil ser hermosa y agradable en tiempo de ciclones oportunistas.

Ahora ese pimpollo ha cumplido años, ella se sentirá triste por algún rosal que ha desaparecido, esbozará sonrisas por los capullos que la acompañan y por esa rosa vieja que aún la sigue cobijando.

Si un día se cruzan con la rosa, no se olviden de decirle que nunca cambie, que siga sonriéndole a la vida y juegue a cantarles canciones a la montaña. Porque ella es una flor atrevida, ya que una noche me dijo que soy un viejo, pero ella no sabe que es el adjetivo más bonito que me cabe desde que descubrí que eso es sinónimo de experiencia. 

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