Una malva

Siento que los corazones jóvenes están muy sensibles, no disfrutan de un halago, muchos menos de una sonrisa. Tal vez sea culpa de nuestros infortunios cometidos; o de la estúpida dosis de intolerancia que debe traer la sopa instantánea.

Hoy siento que escape nuevamente, es una constante en estos últimos tiempos. Puede ser que se me haya dañado mi mente con tantas decepciones y caídas. Lo cierto es que me siento superado por las voces agraviantes de los árboles, y de las sensibilidades débiles de algunos pimpollos que me piden que me ubique.

Esta noche trataré de no pedir un cielo de estrellas, tampoco una luna llena de sonrisas, demasiado tengo con haber encontrado personas que se divierten, mientras yo enciendo una pequeña llama.

Es probable que ese fuego se haga gigante y que yo me ilusione con que todos seamos felices, pero también tengo que pensar que tarde o temprano todo puede terminar en cenizas. Es ahí donde tengo que estar preparado para no sentirme triste, ya que todavía no aprendí a superar finales y a no advertir que los comienzos también aparecen cuando alguien se muere.

Pero como existe algo llamado resiliencia trataré de salir de este insomnio que me está clavando un puñal en el estómago. Buscaré por la mañana a la flor hermosa de la malva; para que ella me diga que indicaciones debo tomar para superar esta asquerosa sensibilidad y mis dolores del alma. Son afecciones de antaño y de situaciones desagradables que fui guardando bajo la almohada.

Seguramente habrá alguien que nos aconsejé que no volvamos al pasado, ya que revivimos situaciones olvidadas. Quizás tengan razón, o tal vez sean personas que también decidieron esconderse de las garras de los cuervos y de los rugidos del león, porque quieras o no, muchos somos parte de situaciones que no se borran con adelantar días en el almanaque.

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