Viejo sol.

Mañana saldrá el sol nuevamente, parece controversial a lo que estoy sintiendo, pero si, mañana podré seguir mirando ese nido vacío que dejó la paloma en este árbol lleno de espinas.

Un nido hecho con mucho amor y cariño. Residencia que con el transcurso del tiempo se fue desgastando por las inclemencias del tiempo, y por los desmedidos ataques de los roedores huérfanos de poder.

Que inverosímiles suelen ser esos bichos, hasta parecen tan obvios, que cualquier ser escaso de conciencia, termina dándose cuenta de sus intenciones fraudulentas.

Sigo mirando el cielo, y esperando que el gran febo me cuente como le fue en su ausencia. Seguramente me contara que charlo con la luna y que le dan asco los viejos ventajeros. Creo que ya me acostumbre a sus quejas, no habrá cambios. Él seguirá anodino de sentimientos y de dinero para despilfarrar.

Por ahora dejaré de desenredar este manojo de alambres que tengo en mis manos, demasiada presión en el hemisferio izquierdo de mi cerebro hará que me convierta en uno más de ellos.

No es que me considere ineficaz, tan solo que tengo quemada mi mano derecha con las mentiras de los malditos hostigadores. Porque no solo han venido por mí, también vinieron por el árbol que sostiene el nido olvidado.

Lo que ellos no saben, es que el sol me contó un secreto el día que lo eclipsaron. Me dijo que las alimañas dejan rastro profundo de maldad en la tierra, y que el día que sienta necesidad de ayuda, que marque los mismos números que aparecen en el reloj en ese momento. Eso hará que automáticamente las estrellas vengan a salvarme, y que los unicornios llenos de magia me lleven a plumas verdes.

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