Viento

Las hojas del libro que había comenzado a escribir, se han volado. No quiero culpar al viento confuso que vino del este, tampoco a las constelaciones deformadas que me estaban alumbrando. El único culpable es mi corazón porfiado. Sabe que siempre que intenta ser benévolo en verano, en los días de invierno se queda totalmente desquiciado.

Por el momento prefiero guardar silencio y observar un nuevo atardecer. No es que sea conformista, solo que me acerque lo que más pude a la ventana de la realidad, pero solo pude ver tempestades. Aunque sea cómodo quedarse en esta quietud, siento que termino adormeciéndome.

Así que he preferido salir en busca de esos famosos cien gramos de sinceridad que tanto andan pregonando esos caballeros de narices largas. Mágicamente un hombre vestido de zapatos blancos me indica el camino. No sé si será el indicado. Ya que en este momento cualquier ruta puede ser de mi agrado

El caballero me sugiere que limpie mis zapatos con un paño húmedo y que le rece plegarias a dos caballos gordos que están en una foto. Quisiera pensar que él es muy gracioso, pero lo miro fijamente a los ojos, y solo veo un payaso mucho más estúpido que yo.

Con su último suspiro, el viento se llevó todas las hojas. Ahora solo queda esperar, y observar que sucederá por la mañana. Ya que he preferido guardarme un pedazo de zapato viejo en mi mochila, no vaya a ser que un caniche alterado busque morderme un pedazo de pierna maltratada.

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