Vuelos

Derramamos toda la sal que estaba tirada en la mesa, sobre una puerta vieja tratando de ser felices. ¡Qué hipócritas fuimos!, si ni siquiera pudimos sacar a papá Noel de la billetera.

El desgarbado viejo trata de venderme pastillas de color verde. Demasiado tengo con mi dolor de espalda como para creer que unas pastillas de colores, pueden decirme que número tengo que jugar a la quiniela.

Hay un par de excusas baratas que hacen que me aleje de la realidad. No soporto la mentira, muchos menos los infelices que se llenan de prestigio a costillas de los perros callejeros, y de las mariposas que se coleccionan en las cajas vacías de perfumes baratos.

En un envase vacío de dulce de leche una señora solitaria juega a ser alegre, pobre, ni siquiera supo sonreír cuando alguien se había dignado a ser su compañía. Ahora trata de mostrar su sonrisa falsa para que la aplaudan. Ya no sé si es lástima, o compasión, lo que deberían tenerle los caniches del condado por esa mujer.

Aún tengo en mi memoria las declaraciones de lealtad que solían decir los sabios dibujantes de la rebeldía, parece que la pócima de alegría que traen las bebidas de colores, los transformo en unos tristes corderos. Ahora les piden pasto a los reyes, siendo que antes pregonaban que sembraban su propia cosecha.

La realidad me apabulla demasiado, no son días fáciles. Tampoco será un impedimento para que busque nuevos aires. Porque la idiosincrasia de los especuladores y mis sueños, no se van a encontrar ni siquiera en lo más profundo de una cloaca.

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