Parece que no ha quedado nadie. Se nota que las luces se han apagado hace bastante tiempo. Detrás del mostrador han quedado rastros de roedores y de aves carroñeras.
Camino entre los muebles. Solo puedo iluminarme con la luz de la luna que entra por una rendija. Me siento en el único sillón que no está ocupado. Aunque quiera creer que estoy solo, no es así. Sé que alguien está ahí, oculto, y presiento que en cualquier momento encenderá las luces.
En no más de un minuto, uno de los faroles que están colgados se cae. No me asusto. Eso podría haber sucedido en otros tiempos. Ahora solo quiero saber qué piensan esas almas que me están rondando, ya que me intrigan las sonrisas que se quedaron olvidadas en este lugar.
Desde una de las esquinas se sienten unos pasos. Por el sonido que emiten esos tacos sobre el piso, es una mujer. Esto queda confirmado cuando un rayo de luz le ilumina el rostro y escucho esa voz que me dice:
—¿Has regresado?
No le contesto. Solo miro al techo, desafiando su pregunta. Eso a ella le incomoda. Sabe que el karma que siempre ha ignorado hoy se regocija, sentado en un lugar que todos olvidaron.
De pronto, ella enciende las luces y, sin nada que me obstaculice observarla, veo que tiene un vestido lleno de flores blancas y, en su mano derecha, un rosario de madera.
No me acerco a esa mujer confundida. Prefiero caminar un poco por el lugar, tratando de impregnarme del perfume que han dejado los roedores, para recordar que no debo volver a ese sitio.
Es por eso que decido abrir la puerta oculta y volver a sentir la oscuridad de donde vengo. Quizás sea un lugar muy silencioso, pero nadie podrá decirme qué precio tiene el amor.