La máscara de la alegría

Nos subimos al colectivo de la alegría para sentirnos felices. Reímos, lloramos y volvemos a preocuparnos. Parece contradictorio no saber hacia dónde ir cuando, desde hace mucho tiempo, renegamos del pasado y, aun así, todavía nos pintamos la cara para convencernos de que estamos alegres.

Hablamos de estar solos como un mecanismo de defensa frente al dolor que puede producir enamorarnos.

Será por eso que, aún hoy, sigo deslumbrándome con esos ojos brillantes y con las cabelleras que se balancean con el viento. Pero también he aprendido que una bonita sonrisa no siempre significa amor. Eso no depende de mí, ni tampoco de quien la ofrece.

Sé que los ruidos ensordecedores del egocentrismo pueden hacer tambalear a muchas personas. Es más, ese aturdimiento nos aleja de la realidad solo para hacernos creer que somos más importantes que los demás.

Hoy es tiempo de nubes grises. Y eso también forma parte de la vida. No aceptarlo puede llevarnos a buscar, en rincones olvidados, la pintura de un viejo payaso, solo para demostrarles a los demás que todavía somos capaces de sonreír frente al dolor.

Compartir
Compartir
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *