Mis emociones viajan en una canoa por un mar embravecido. Quiero reírme, pero la desgracia se para delante de mí para impedirlo. Como puedo, trato de evitarla. Sin que ella se dé cuenta, saco de mi bolsillo izquierdo una entrada para el circo. Ese pase podría ser un buen motivo para ser feliz y descargar mi confusión. También es cierto que los payasos volverán a reírse de mí. No sé si tengo ganas de presenciar esa escena. Estoy cansado de la gente estúpida. Volver a ver esos rostros incoherentes ya me parece demasiado.
En este paraíso lleno de perfección siento que ya no encajo. Soy demasiado incorrecto como para saludar a los mediocres que se disfrazan de inteligentes. Ellos buscan satisfacer sus propios deseos, pero derrapan cuando tienen que meterse la mano en el bolsillo. Será por eso que me quiero escapar para mirar las estrellas por la noche y escuchar cómo esas gigantescas nubes me cuentan chistes al atardecer.
No me importa si querés seguirme o si te interesa salir del ocultamiento. Creo que preferís seguir de rodillas, intentando ser dichosa, rogando que mañana cambie tu vida por arte de magia. Perdoná que me sonría: vi a demasiadas personas intentarlo, y el único brillo que observé fue el de sus rodillas gastadas.
Las palomas siguen ahí, intactas. Aunque me digan que son buenas, llevan un arma debajo de las alas. Ella, vos y el mundo que nos rodea saben que yo me marcharé entre las flores amarillas en cualquier momento. Porque, si hay algo que aún me queda, es seguir siendo un loco sincero en la noche de Navidad.