Una sonrisa en la mochila

Voy caminando lentamente por un lugar lleno de nostalgias, perfumado con el aroma de flores amarillas. No quiero pensar en el pasado ni ser un estúpido que se arrastra ante los embates de los desalmados.

Después de recorrer varios metros escuchando el ruido de la rueda rota de un carrito de bebé, trato de escabullirme para que nadie sepa de mí. Pero la luna está inquieta y, con un guiño, me convence de entrar en un lugar.

Es ahí donde una mujer me recibe amablemente y, con un tono sensual, dispara toda su magia sobre mí. Sonrío por un instante: hay algo de comicidad en el contraste entre el ánimo con el que llego y lo maravillado que me quedo al verla.

Durante un rato observo cómo sus manos juegan con la alegría y acompañan cada gesto de empatía. No voy a dejar de lado su belleza física ni esa sonrisa capaz de animar hasta a quienes deambulan por los desiertos.

La rubia se ríe de la vida y se pone seria cuando algo la conmueve. No voy a negar que, al despedirme, me llevo su bondad en la mochila y también su sonrisa, para que me acompañe en esta noche que sabe de tragedias, pero que también me enseña a encontrar belleza en una compañía sincera.

 

 

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