Todos, cansados y con los ojos llenos de desvelo, van marchando. No sabemos si son de acá o si llegaron desde algún lugar lejano. Solo intuimos lo que buscan. Sin embargo, una señora cubierta de collares finge ignorar la situación para obtener algún rédito personal.
Es una novela que ya vimos, sentados sobre un cajón de frutas, hace muchísimos años. Hoy, aquello que parecía una fantasía se ha convertido en realidad. El olor desagradable que desprenden sus cuerpos es disimulado por promesas que pretenden hacernos sentir mejor, pero que, al fin y al cabo, apenas son pequeños apósitos sobre una gran herida que nunca logra cicatrizar.
Algunos se disfrazan con máscaras de animales inofensivos, mientras otros muestran sus dientes y sus garras sin siquiera intentar disimularlos. Parece que la hidalguía fuera borrada de un manotazo para darle paso a la crueldad.
Mientras la mujer colorida no deja de saltar con un cartel gigante entre las manos, uno de sus fieles se inmola públicamente. Él sabe que es lo único que puede hacer. Su falta de humanidad solo le permite pensar en su bienestar económico y en cómo luce su brazo izquierdo apoyado sobre la ventanilla de un automóvil oscuro.
Para muchos, es necesario que todos pensemos como ellos, porque creen que eso nos permitirá descifrar la bienaventuranza que tanto necesitamos. Pero olvidaron que existen muchísimas estrellas que, aunque parezca que ya no alumbran, continúan iluminando las mentes de quienes todavía no han sido atrapados.