Maravilloso mundo lleno de personas que se ríen de las migajas que se llevan las palomas y disfrutan de las peleas de sus seres queridos. Un lugar cultivado por seres insensibles que les piden misericordia a los conejos y felicitan al que les dispara para aniquilarlos.
Mientras vamos siendo succionados por un embudo virtual, veo cómo las mariposas se quedaron en silencio pensando que, de esa forma, serán felices. También veo señores impolutos que evitan charlar con gente que tiene arrugas, porque temen contagiarse de sus aburridas conversaciones.
No creo poder ver ni escuchar qué dirán, dentro de unos años, aquellas flores de colores que tanto admiré. Ahora son todas de plástico y usan la misma vestimenta que odiaban unos días atrás.
En el espejo donde me estoy mirando no encuentro el sabor de la felicidad ni la majestuosidad de aquellos días de gozo, donde un saludo se compartía sin pedir nada a cambio. Parece que la decadencia le ganó por goleada a los sentimientos genuinos.
Es por eso que intentaré, una vez más, salir del letargo. Poco importa si los caniches me miran con cara de furia o si la envidia quiere interponerse en mi camino. Desde hace un tiempo aprendí que los sueños no se cocinan en lugares mezquinos, mucho menos en cacerolas pinchadas.