El viento llegará esta noche

Sentado bajo la sombra de un árbol lleno de espinas, intento que el sol no me castigue con sus filosos rayos. Del otro lado de una pantalla, una mujer sigue repitiendo de forma incalculable que muy pronto llegará el viento y que seremos abrazados por el frío. Aunque todavía no haya definido en mi vida la palabra “detestar”, siento que esas seguidillas de pronósticos recurrentes hacen que mis horarios pierdan equilibrio.

Después de unos minutos en silencio, veo que las plantas florecidas parecen sonreírles a dos pájaros que buscan llamar la atención. Uno tiene el pico torcido de tanto hablar estupideces. El otro intenta ser servicial sin siquiera comprender que la empatía no se vende en los supermercados.

Me levanto muy despacio para no espantar al felino que se está dando una ducha de sol. Aunque noto que me observa con los ojos entrecerrados, disimulo la situación desviando mi mirada hacia una mariposa blanca que se ha vestido con una jardinera amarilla y un sombrero de corderoy.

Nuevamente alguien grita que esta noche llegará el viento y todos tendremos frío. Yo solo pienso en la rubia que juega a ser feliz en soledad y en la señorita que busca ser conquistada por sus antiguos amores. Ellas son más vulnerables al destino.

Yo, desde hace bastante tiempo, sé que hoy podría llegar el viento y que mañana también habría lluvia. Todo eso forma parte de la naturaleza. Pero los sentimientos de dos muchachas llenas de dudas pueden llegar a preocupar hasta al ecosistema marítimo.

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