Lo que se Lleva la Noche

Las suaves manos de la señorita estaban a punto de convertirse en una piel áspera y casi desangrada. Esas extremidades, tan bien cuidadas, se iban introduciendo muy lentamente en el lodo. Aunque sabía que había otras opciones, no lograba equilibrar su mente. Las deudas se habían apoderado de todo su cuerpo.

Muy poco importaron los consejos de su madre y las frases injuriosas de su padre. En ese momento, su alma y su sensatez se desvanecían de forma acelerada.

En la esquina de aquel bar polvoriento y escaso de moralidad, un joven observaba a la mujer como quien mira una botella a punto de caer. No parecía pertenecer al lugar. Su mirada era serena, ajena al ruido, casi impropia para ese ambiente. Era un desconocido para la señorita, pero curiosamente familiar para el hombre que, desde un cuadro, colgaba crucificado en una de las paredes.

Ella cerró los ojos, intentando volverse inmune al olor que emanaba del cuerpo que sostenía. Sentía que la culpa iba impregnando, lentamente, cada centímetro del ambiente. Como si ya no hubiera aire limpio al que aferrarse.

No debió haber pasado más de un minuto cuando el hombre, que la había observado fijamente durante todo ese tiempo, se acercó con un sigilo que no parecía humano. Con la firmeza de su brazo derecho, la levantó sin esfuerzo, como si su peso no existiera, y caminó junto a ella hacia la puerta.

Ninguno de los presentes hizo nada para impedirlo. Es más, agacharon la cabeza, como si reconocieran algo que no podían nombrar.

Al cruzar la puerta, un auto blanco aguardaba a la dama recién rescatada. Él la ayudó a subir, acomodando sus largas piernas dentro del vehículo. Antes de cerrar la puerta, le entregó un fajo de billetes verdes, como si el mundo aún exigiera ese intercambio.

Una vez que ella se acomodó, le indicó al chofer que la llevara a su casa.

Cuando el auto se puso en marcha, la mujer bajó la ventanilla para darle las gracias… pero ya no había nadie. Solo una luz blanca que se desvanecía en la noche estrellada.

Compartir
Compartir
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *