El invierno me salva

No debería recordar las navidades, ni tampoco los días soleados. Seguramente podría ser más sensato si no pensara demasiado, pero ¿a quién podría importarle mi prudencia? Si hasta las ratas parecen disfrutar de aquello que imagino cuando me despierto.

He sabido de misterios y también de encantos. Casi como todos aquellos que adoran las mariposas sobre flores de colores. O como esos viejos ebrios que ven figuras esplendorosas en el fondo de un vaso vacío.

Mientras sigo caminando sobre este suelo pedregoso, descubro la sonrisa maravillosa de una mujer rubia. Por un momento me detengo a observar su cabello cautivante y sus ojos encantadores, capaces de hipnotizar a cualquier poeta romántico.

Sé que no puedo observarla por mucho tiempo. Ella parece estar comprometida con su propio mundo interior, defendiéndose de los felinos que la acechan. Además, no creo ser alguien que se anime a acercar su rostro a quienes piensan de forma permanente en la libertad y en un romanticismo sin etiquetas.

Es por eso que, una vez más, vuelvo a prepararme para sumergirme en el helado invierno. Necesito congelar mis deseos y esta alma despedazada, para cuando las margaritas y las lavandas vuelvan a florecer. Porque todo eso no solo me produce felicidad, sino que también me prepara por si vuelvo a ver a la señorita de cabellos dorados.

Compartir
Compartir
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *