La gente se escabulle entre las sombrías veredas. Todo está tan silencioso que hasta las almas pecadoras están adormecidas.
La incipiente brisa empuja una hoja seca. Casi no tiene fuerza para hacerlo. La misma situación parece estar padeciendo un anciano que lleva un inmenso ramo de claveles y girasoles para su amada. Siente que no podrá caminar mucho más. El peso de las flores y las dolencias de los años lo han dejado sentado frente a una cruz oxidada.
Se persigna. Trata de levantar la mano para secarse el sudor de la frente, pero no puede.
Un jovencito que observa lo que sucede se acerca hasta donde está el anciano. Al principio parece querer ayudarlo. Le sostiene el brazo, le acerca una botella de agua y le habla con una amabilidad exagerada. Después le pide los documentos. Dice que es necesario. También le acerca unos papeles para que los firme.
El hombre ya no tiene fuerzas para preguntar ni para desconfiar. Apenas observa la cruz amarillenta mientras estampa una firma temblorosa sobre aquellas hojas que no alcanza a leer.
Por unos segundos todo se convierte en oscuridad.
La brisa ahora se ha transformado en algo tenebroso. La hoja ya no está. La luna es la protagonista. Ha aparecido para darle alivio al hombre moribundo y para observar a ese jovencito que, a pocos metros de allí, cuenta el dinero de un extraño mientras guarda unos documentos en el bolsillo de su campera.