Los tiempos van mutando y mis deseos se van esfumando por la ventanilla de este auto recién lavado. Las paredes del cementerio parecen tan divertidas con esos murales que han pintado. Me agradaría demasiado estar descansando ahí adentro.
Son las dos de la mañana y sigo recorriendo lugares que nunca había visto. Quién sabe si podría ser mi último viaje, pero resultaría agradable encontrarme con la hospitalidad de una dama vestida de arlequín y con un gato alegre que me haga puñitos en las piernas.
Le pido al hombre que conduce que se detenga. Le paso dos billetes que tenía guardados desde hace unos años en el bolsillo. El hombre se ríe y dice que ya no tienen valor. Me pide que le envíe una transferencia a ese nombre que está escrito en un papel todo arrugado.
Nos despedimos atentamente, deseándonos buenas noches. Él imagina que estoy perdido y que debo estar loco por caminar de forma solitaria por una ciudad que no conozco. Es probable que tenga razón, pero ¿quién podría ser coherente un domingo por la noche?
Mientras camino, observo cómo la luna me acompaña. Por momentos me detengo para contemplar su brillo y también para escuchar si tiene algún consejo. Aunque sé que ella está ocupada entreteniendo a los payasos. Siento que podrían ser necesarias sus palabras.
Después de varias cuadras de pensamientos confusos y luces tenues, alguien me toma del hombro y me entrega una caja blanca. Antes de que pueda abrirla, ese ser misterioso ya ha desaparecido.
Dentro de la caja hay una rosa roja y un mensaje que dice:
«La noche no es para tibios».