Estoy sentado en lo que queda de un banco en una plaza abandonada. Trato de ser coherente conmigo mismo, pero observo a un par de payasos tomados de la mano. Dan saltos de alegría pensando que el amor se ha instalado en sus corazones.
Pobres infelices. Si supieran que el perfume de las flores pocas veces coincide con los sentimientos de las personas, quizás no llenarían sus pulmones de burbujas efímeras ni de pensamientos ridículos.
Sin girar demasiado el cuerpo, levanto la vista. Arriba de un árbol se destaca un pájaro gigante. Se esfuerza por parecer benévolo. Por su tamaño, ninguna de las pequeñas aves se anima a cuestionarlo. A veces el poder confunde la apariencia con la autenticidad.
Desde una rama reparte semillas adulteradas a las palomas obedientes. Ellas las reciben agradecidas, convencidas de que aquello les pertenece.
Respiro profundamente y me froto las manos para que no queden inmóviles. Necesito pararme y alejarme de este lugar. No creo ser más importante que el pájaro ni que los payasos, pero de alguna manera siento que este pedazo de papel que llevo en el bolsillo podría tener un bonito destino el día que ya no pueda volver a esta plaza perdida .
Mientras camino lentamente, un par de ratas me acompañan. Se las nota divertidas. Y quién no lo estaría. Van cargando pedazos de queso gruyere en sus mochilas. Dicen que se los regaló alguien que estaba arriba del árbol de la plaza.
Solo las miro. No quiero sacarles las sonrisas de sus rostros al decirles que ese queso es de plástico.
Metamorfosis humana y animal. Un lugar donde muchos buscan cómplices y otros dan lástima para no sentirse tan solos.
Tal vez los payasos sean felices.
Y yo todavía sigo pensando que el amor se encontraba en los rostros que no usan maquillaje.